24 nov. 2009

Comentario Eneida Latín II 2 º Bachillerato

El texto es de vuestra antología, que tenéis en el Cd . Leer antes de hacer el comentario el tema de la Épica, pero sobre todo a Virgilio. He pensado que posiblemente muchos lugares de la geografía de la Eneida no los conocéis, así que sería conveniente que en un mapa del mediterráneo fuerais indicando los topónimos más destacados, como Cartago, Mesina, .. Os servirá de ayuda para la lectura de la antología. Si os apetece podéis también leer este fragmento en una edición bilingüe.

Monólogo de Dido.

Era la noche, y los fatigados cuerpos disfrutaban en la tierra apacible sueño; descansaban las selvas y los terribles mares. Era la hora en que llegan los astros a la mitad de su carrera, en que callan los campos, y en que los ganados y las pintadas aves, y lo mismo los animales que habitan en los extensos lagos que los que pueblan los montes, entregados al sueño en el silencio nocturno, mitigaban sus cuidados y olvidaban sus faenas. No así la desventurada Dido, a cuyos ojos nunca llega el sueño, a cuyo pecho nunca llega el descanso, antes la noche redobla sus penas y reanima y embravece su amor, mientras su corazón fluctúa en un mar de iras. Párase al fin, y hablando consigo misma revuelve en su mente estos pensamientos: «Qué debo hacer?, ¿he de exponerme a que se burlen de mí mis antiguos pretendientes? ¿Solicitaré suplicante el enlace con esos Númidas, a quienes tantas veces desdeñé por esposos? ¿Seguiré por ventura la armada de Ilión y me someteré cual esclava a las órdenes de los Teucros? ¡A fe que debo estar satisfecha de haberles dado auxilio y que guardan buena memoria y gratitud insigne de los favores recibidos! Pero ¿me lo permitirían acaso, aun cuando yo quisiera? ¿Me recibirían en sus soberbias naves, siéndoles aborrecida? Ignoras, ¡ay, miserable!, ¿no conoces todavía los perjuros de la raza de Laomedonte? ¿Qué debo hacer, pues? ¿Acompañaré sola y fugitiva a esos soberbios mareantes, o me uniré a ellos seguida de mis Tirios y de mis pueblos todos? ¿Expondré de nuevo a los azares del mar, de nuevo mandaré dar al viento la vela, a los que con tanto afán arranqué de la ciudad sidonia? ¡No!, muere más bien, como mereces, y aparta el dolor con el hierro. ¡Tú, la primera, hermana; tú, vencida de mis lágrimas y de mi ciega pasión, me has traído estas desgracias y me has entregado a mi enemigo! ¡Pluguiera a los dioses que inocente y libre hubiera vivido, como las fieras, sin probar tan crueles angustias! ¡Ojalá hubiese guardado la fe prometida a las cenizas de Siqueo!» Tales lamentos lanzaba Dido de su quebrantado pecho. Virgilio, Eneida IV, 522-553

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